Nuestro paso por Macedonia fue breve, tan solo cuatro días, pero tuvimos tiempo suficiente de recorrer una parte importante del país y visitar sus lugares más emblemáticos.
Curiosamente, fue justo durante nuestra corta estancia, cuando el país cambió de nombre.

Macedonia (no voy a llamarla “del norte” todo el tiempo por hacerlo más sencillo) es un país con un atractivo modesto. Es el clásico lugar que uno visita sólo porque pilla en ruta. Casi nadie va a Macedonia, expresamente, a hacer turismo. Los propios macedonios son muy conscientes de ello y aunque en el país existen algunos tímidos intentos de explotar su, no muy abundante, patrimonio, en general es evidente que no se molestan demasiado en poner en valor lo poco que tienen.
En nuestro caso entrar en Macedonia suponía solo un pequeño desvío, así que mereció totalmente la pena.

Skopje, su capital, es una de las ciudades más extrañas que conozco. Cuando me encontraba paseando por sus calles traté de encontrar, en vano, una forma de definir aquella urbe tan atípica y contradictoria. Posee un centro monumental con cientos, y no es una exageración, de estatuas construidas en los últimos años. Muchas más están en construcción a pesar de que las que ya existen se encuentran en un estado lamentable.
Como un monumento creado en honor del quiero y no puedo, el museo arqueológico de Skopje es un ejemplo de la ostentación mal entendida. El edificio que lo alberga, nuevo, imponente, neoclásico, insinúa que en el interior esperan al visitante una miríada de piezas arqueológicas de valor incalculable. Ante tal presentación no pudimos evitar acercarnos.

Sin embargo, el interior, para nuestra decepción, era deprimente. Con una luz muy escasa, los objetos se encontraban desordenados, sin seguir un orden cronológico concreto. La abundancia y calidad de los mismos era tan deficiente como la iluminación de las salas.
Por mencionar algo positivo, cada sección estaba acompañada por unas pinturas representando escenas de la época, lo que aportaba algo de interés. Otro punto positivo fue su sección de numismática, la única que realmente podía ser considerada decente.

Y luego está el polvo… supongo que si uno se encuentra visitando un pequeño museo privado, o local, se podría perdonar que la limpieza no fuera perfecta. Pero estar en el Museo Arqueológico Nacional y que las estanterías estén llenas de polvo raya lo surrealista. Y no hablo de un poco de polvo, estoy hablando de que se podía escribir tu nombre en estanterías donde descansaban artefactos de hace más de 2000 años.

Después de la “experiencia” del museo, decidimos perdernos en la parte vieja de la ciudad. Situada junto a la zona monumental, pero al otro lado del río, la zona antigua, o del bazaar turco, es tal y como su nombre da a entender. El lugar es un laberinto de calles estrechas, tiendas repletas de baratijas, puestos de comida callejera y banderas turcas por todas partes. Fue como teletransportarse a otro mundo.
Disfrutamos del resto del día paseando por el bazar, visitando la fortaleza, que se encuentra abandonada a su suerte, y tratando de comprender aquella ciudad, tan extraña que incluso resultaba atractiva.

Más tarde volvimos a coger el coche para dirigirnos a la cima de la montaña que domina sobre la ciudad, donde se pueden disfrutar de unas vistas preciosas. Para llegar arriba se puede usar un teleférico, pero como teníamos vehículo decidimos recorrer la carretera de montaña y ascender por nuestra cuenta. ¡Qué gran error! Casi nos cuesta un disgusto…
La “carretera” en realidad se trataba de un camino de piedras que, según se iba ascendiendo, cada vez estaba en peores condiciones. Para colmo, a unos tres cuartos de recorrido, descubrimos que estaba repleto de nieve. Podríamos haber dado la vuelta, pero como estábamos casi en la cima, pensamos que sería mejor continuar.

La nieve cada vez estaba más alta y el camino en peor estado. La furgoneta no paraba de resbalar y por un momento pensé que nos quedaríamos atrapados. Por suerte tenemos buenas ruedas de nieve y, aunque muy despacio, fuimos capaces de llegar a lo alto.

En la cima existe una cruz de enorme dimensiones, llamada Millenium Cross que por la noche se ilumina y que se puede ver desde toda la ciudad. Siguiendo la política de continuar construyendo atracciones para la ciudad en vez de cuidar las que ya tienen, a su lado, aún en construcción, hay otra cruz aún más alta. Dinero para asfaltar la carretera o limpiar la nieve no habrá, pero para levantar más estatuas y cruces gigantes, lo que quieras.

Skopje no deja indiferente, o la amas, o la odias… y la verdad es que aún no he decidido cuál de las dos cosas me provoca.
El resto de la ruta nos llevó a atravesar el país, de norte a sur y luego a oeste. Todo el interior de Macedonia me recordó a las tierras de Castilla, con sus campos de cultivo y sus pueblos agrícolas, donde el tiempo parece que se ha detenido.
Al día siguiente hicimos una parada para visitar las ruinas de Stobi, una importante ciudad de época romana que fue clave para el dominio romano de la antigua Macedonia.
Al llegar a las ruinas no vimos a nadie, aunque había un coche aparcado en la puerta y una caseta donde ponía la palabra “tickets”. Cuando nos dirigimos a sacar el ticket nos dimos cuenta de que no había nadie. Esperamos más de cinco minutos e incluso gritamos varias veces a ver si alguien nos oída. No hubo respuesta.
Al menos lo habíamos intentado, así que con la conciencia tranquila nos “colamos” en las ruinas sin pagar.

El recinto es grande y en él se pueden ver los restos de palacios, el teatro romano e incluso antiguas basílicas cristianas. También existen unos mosaicos muy interesantes, considerados de los mejor preservados en el país. Por desgracia estaban cubiertos de arena, ya que en invierno los protegen de esa forma.
Seguramente por ello no había nadie cobrando entrada, porque la mayor atracción del yacimiento, sus mosaicos, no se podía ver.
O eso fue lo que pensamos… al salir, sin embargo, descubrimos el verdadero motivo por el cual no nos habían cobrado entrada. Cuando nos habíamos acercado a la caseta no nos habíamos dado cuenta, pero en una esquina de la misma, sentada en una silla, dormía plácidamente una chica con los cascos puestos. La pobre debía de estar de resaca o algo así, porque aún no me explico cómo pudo no haberse dado cuenta de que estábamos allí. Habíamos llegado, gritado, esperado, entrado en las ruinas y salido media hora después y ella seguía dormida profundamente.
Aquel fue un pequeño detalle más que da entender como en Macedonia no se toman muy en serio su patrimonio turístico.
Nuestro último destino en el país fue Ohrid, la joya de la corona. Si Macedonia tiene un sitio turístico, es éste.

El lugar es frecuentado por miles de macedonios que, residentes en la ciudad, se escapan al sur a disfrutar de un poco de relax junto al lago, por lo que está repleto de restaurantes, tiendas y hoteles.
También aloja uno de los iconos del país, la ermita de San Juan.

Para llegar hasta ella hay que recorrer todo el pueblo y atravesar un parque en la ladera de la montaña, en un paseo fácil y agradable. Recuerdo como durante todo el camino nos fueron siguiendo una pareja de perros que nos hicieron de guías durante toda la visita. El tema de los perros callejeros será una constante en nuestro viaje. Son animales muy listos y parece que saben que si nos siguen un rato luego tendrán su recompensa.
Tras ver la ermita nos apetecía un poco de senderismo, así que nos dirigimos a una ruta cercana.
Tras aparcar y encontrar el inicio del camino, que no fue fácil por la falta de indicaciones de ninguna clase, comenzamos a subir la montaña, dejando el lago y el pueblo tras nosotros. Teníamos por delante una agradable ruta de unos 10 km que era justo lo que necesitábamos, para despejarnos un poco de tanto coche en los últimos días.
Al principio de la ruta atravesamos una pequeña aldea con casas tradicionales y nos cruzamos con un lugareño que venía de recoger leña en el bosque. Todo apuntaba a una agradable tarde de paseo en el monte, y sin embargo, un poco más adelante, los planes se torcieron.

De pronto escuchamos un disparo en la lejanía.
“Vaya, están cazando en la montaña”, pensamos, “mejor ir con cuidado”.
Unos minutos después, escuchamos otro disparo, este mucho más cerca. Nos encontrábamos en una ruta sin marcar, en mitad de la montaña, y nadie sabía que estábamos allí, así que decidimos volver a paso firme, no siendo que algún macedonio con pocas luces nos confundiera con un ciervo.
Después del paseo frustrado decidimos que había llegado el momento de tirar millas, y dirigirnos a Albania.

El viaje en carretera, atravesando las montañas que separan Albania de Macedonia es precioso. Picos nevados, lagos, bosques… totalmente recomendable. Además, tuvimos suerte y pudimos “disfrutar” de una rareza musical sin precedentes. En un momento a Cris se le ocurrió poner la radio… y nos quedamos sin palabras. Durante horas no pararon de reproducir temas musicales de reggaeton macedonio, que parece ser que es un género musical muy popular en el país. Todas las canciones mezclaban letras en español y macedonio, dando como resultado una de las cosas más raras que hemos escuchado en nuestra vida.
Pasar la frontera en las remontas montañas entre Macedonia y Albania mientras escuchábamos reggaeton local quedará en el recuerdo como uno de los momentos más bizarros del viaje.
En el puesto fronterizo, uno de los más remotos del país, tan solo había gente local, que nos miraba como si acabáramos de bajarnos de un platillo volante. Aunque generar tanta expectación nos resultó un poco incómodo, no tuvimos ningún problema a la hora de cruzar, y en unos pocos minutos estábamos en Albania.
En el próximo post hablaré de como Albania nos sorprendió, nos maravilló y nos desesperó a partes iguales. Imaginad un país donde nada funciona, pero a todo el mundo parece no importale lo más mínimo. Eso es, básicamente, Albania.
❤️❤️❤️❤️❤️
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